Japón quiere diferentes clases de jubilados
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El emperador Akihito y la emperatriz Michiko- AP - KOJI SASAHARA

21 Ago Japón quiere diferentes clases de jubilados

21/08/2017

Los rigores de la agenda le resultaban ya excesivos, alegó el emperador japonés Akihito en agosto pasado. Había cumplido los 82 años y exigía el derecho plebeyo de la jubilación. Su abdicación subrayó el debate económico y social: ¿cuándo es razonable retirarse del mercado laboral en el país más envejecido del mundo?

Muchas de las grandes compañías fuerzan la jubilación a los 60 años para ahorrar gastos (los salarios premian la antigüedad) y ofrecen un lustro adicional en condiciones económicas inferiores. Pero la necesidad de redondear la pensión empuja a estirar la vida laboral y un paseo por cualquier ciudad descubre a ancianos trabajando en supermercados, vigilando edificios o al volante de taxis. Más de la mitad de taxistas en Tokio supera los 60 años.

Los expertos piden acomodar la ley a la realidad. La Sociedad Gerontológica de Japón propuso reservar la categoría de “ancianos” a los mayores de 75 años y definir a los comprendidos entre los 65 y 75 de “pre-ancianos”. Por encima de los 90 serían “super-ancianos”. La influyente organización defiende que se debe aumentar la flexibilidad laboral para que los “pre-ancianos” sigan trabajando si la salud les respeta. Para su presidente, el doctor Yasuyoshi Ouchi, el umbral legal de la jubilación “está terriblemente anticuado”.

Fue establecido décadas atrás con la esperanza de vida en 68 años y hoy ya roza los 84. Ha subido cuatro años en el último cuarto de siglo y los avances médicos aseguran la tendencia alcista. Ya hace tiempo que los pañales más vendidos en Japón son para ancianos.

Un problema de demografía

El envés de esos venerables ancianos que vencen la lógica biológica es una problemática social y económica sin remedio a la vista. La demografía japonesa roza lo inasumible. La proporción actual de mayores de 65 años es del  27% y supone que 2,3 trabajadores tienen a su cargo a un pensionista. En el 2065, cuando alcance el 38%, por cada pensionista habrá apenas 1,3 trabajadores. Los nacimientos bajaron el pasado de un millón por primera vez desde que hay registros y la población nacional se reducirá de los 122 millones a los 88 en medio siglo. El drama lo resumió años atrás con escasa sensibilidad el entonces ministro de Economía, Taro Aso, cuando pidió a los ancianos “que se mueran pronto” y “dejen de utilizar el dinero del Gobierno para sus tratamientos médicos”.

La idiosincrasia nacional dificulta el reemplazo de los 27 millones de trabajadores que se perderán en las próximas décadas. Japón desoye los consejos de flexibilizar la política de inmigración porque teme que el aluvión de extranjeros diluya su singular cultura milenaria y el machismo arruina los esfuerzos gubernamentales de arrancar a la mujer del hogar. Así que todo se fía a los ancianos.

El país disfruta de una tasa de desempleo del 3,3% (un punto menos que Alemania, líder en empleo en la zona euro) y las empresas lamentan sus problemas para encontrar a trabajadores. El 60% de ellas ha elevado ya la edad de jubilación o lo harán próximamente, según una reciente encuesta de Reuters. La multinacional Honda ya la ha fijado en 65 años. La medida es beneficiosa para los empresarios, que disfrutan de sus conocimientos, y para los trabajadores, que eluden los contratos temporales en condiciones peores. Las canas también abundan en los puestos directivos. El Banco Shinsei está presidido por MasamotoYashiro, de 87 años, mientras Tsuneo Watanabe dirige a los 90 años el Yomiuri Shimbun, el diario de mayor circulación.

No todos son ventajas. Los esfuerzos del Ejecutivo de Shinzo Abe para subir los salarios fracasan porque las condiciones reducidas que aceptan los ancianos arrastran a la baja las de los jóvenes.

Más de la mitad de japoneses mayores de 65 años realiza algún trabajo remunerado, comparado con un tercio en Estados Unidos o menos del 10% en Europa. Japón sirve de probeta para un primer mundo que camina por la misma senda del envejecimiento y la caída de la natalidad. El derecho inalienable al descanso en la ancianidad podría ser pronto sólo un recuerdo.

Noticia extraída de El Periódico. 19/08/2017

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